3.10.2009
2.23.2009
Por los olores del aire o por las estatuillas que acompañan la humedad del musgo en las paredes, salía en las tardes a desfondar la esencia de su espíritu, filtrándose en las sombras de los edificios que se entrelazaban en las avenidas.
Caminaba, invariablemente, bajo un silencio mutilado, con una pasividad inherente. Su abrigo largo danzaba como un movimiento enojoso y roto en cada paso. Se lo veía, siempre, custodiando el alba enrarecida por ese aroma fresco de ciudad. Luego, como escabullido en su propia vestimenta, se postraba en un lóbrego asiento tan solitario como un caracol. En ese lugar fumaba despacio hasta perder el anhelo, entrando la noche, como las espesas bocanadas que expedía.
Se divisaba como un objeto incompatible, sentado en una banquita metálica frente al Hotel
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En algún día de asfixiante sobriedad, salía acelerada de una de las viejas librerías del centro. Vestida totalmente de negro y con el bolso lleno, se desplazaba muy rápidamente entre el gentío de las aceras, respirando el vaho de los otros al vociferar precios y consignas. Solamente su rostro níveo y candoroso, sobresalía de los anonimatos de su atavío; junto, uno cabellos lacios y negros que se elevaban por el aire.
Pasando la puerta principal de la catedral y de algún puesto de rosarios, ocurrió lo impensable: tropezaron, exactamente en el centro del camellón, los dos únicos entes solitarios de aquel avispero. Un autobús pasó de prisa, y unas hojas que llevaba en su mano fueron a dar al suelo. El hombre del abrigo se precipitó, en su momento, a recoger los folios esparcidos. Al devolvérselos, se clavó en el filo de una mirada tajante, que resplandecía del rostro. Un movimiento espontáneo, como evitando la proeza del gesto, cruzó su cara y desapareció de su vista.
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Tan inapelable como el primer aliento del día, el tiempo ha sabido cuartear cada muro de una ciudad sumida en un leve y constante aroma peculiar, sin mudarlo innecesariamente por otro que les pueda robar un relato a sus habitantes que no poseen un síntoma de precariedad en los corazones. Las horas, los años… el tiempo, ha cambiado el orden de las cosas, pero la humedad de las sombras en los parques han permanecido intactas en la vida y la memoria de ese hombre del abrigo que arriba cada tarde, por tantos años, al mismo sitio donde se postrara a descansar su corazón y el recuerdo de un día en que la vio por vez primera.
Sólo las paredes agrietadas y las estatuillas enmohecidas por los ojos reconocen al hombre del abrigo oscuro, que con el cigarrillo en la boca y su edad milenaria, se arremolina en la banquita, como un monje famélico, frente al nuevo Hotel
Se estaciona un automóvil. Descienden varias personas. Alguien lo mira y se le acerca. Le arroja unas monedas, mientras él con su mirada fundida hacia la fachada lustrosa del nuevo edificio, rememora la ventana iluminada en que, de vez en cuando, una joven de pelo lacio y negro, se mueve a contraluz. Paseando y revelando una silueta gentil y bella.
2.11.2009
1.28.2009
quebec
1.23.2009

1.14.2009
La niña incansable de la poesía

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1.13.2009
[...] Es que todo parte de una puerta abierta.Digo que todo parte de una puerta abierta. Adiós.Se ve un adiós del otro lado. Cruzando el puente un adiós se va hacia el otro lado.Y todo parte de la libertad, libertad incierta que se gesta debido a las torpezas y al empeño enfermo y también a la ceguera. Un adiós con nombre y de olor fresco de mañana, de partida suficiente y de prisas apuradas.Es un destino que se cumple finalmente en manos de alusiones y silencios semilentos.La palabra es la materia que moldea los vacíos de aquellos ojos invisibles por la nuca, por el pelo, por la espalda. Al fin, todo parte de una puerta abierta, en una mañana que habla al otro lado y en una que se queda: la materia de la puerta es la palabra que se emplea por el adiós al otro lado.

