7.12.2011

Entrevista con René Avilés Fabila. Revista Replicante Julio 2011


En medio de una crisis profunda en el periodismo cultural mexicano, el escritor y periodista René Avilés Fabila aborda en esta entrevista sus impresiones sobre el panorama intelectual y artístico de nuestro país, de cara a las nuevas tecnologías y a la redes sociales en el siglo XXI.

Por Juan Carlos de León

René Avilés Fabila, ganador del Premio Nacional de Periodismo en distintas ocasiones, nació en la Ciudad de México en 1940 y es autor de cerca de treinta títulos entre novelas y cuentos, además es profesor emérito de la Universidad Autónoma Metropolitana y un aficionado a las cantinas, como él mismo lo confiesa, debido a la herencia que le dejó la generación de La Onda, conformada por José Agustín, Gustavo Sainz y Parménides García Saldaña.

Lo entrevistamos en la Fundación René Avilés Fabila, ubicada en la colonia Narvarte, la cual alberga el Museo del Escritor, un proyecto ambicioso que ha quedado congelado por la falta de apoyo económico. Aquí la conversación con el director de la revista El Búho y autor de las novelas Tantadel y El gran solitario del palacio, entre otras.

—¿Cuándo se inició en el periodismo cultural?

—Empecé por 1962, siendo muy joven, a escribir en la sección cultural de El Día, que entonces era un periódico innovador, impetuoso, progresista, con mucha gente nueva; hasta que me cambié a Siempre!, cuando todavía lo dirigía Fernando Benítez y, al mismo tiempo, empecé a colaborar en El Nacional, que todavía tenía mucho peso y prestigio, era el periódico del Estado, y el suplemento cultural era muy bueno, se llamaba Revista Mexicana de Cultura y la dirigía un poeta español extraordinario, militante comunista y un hombre generoso que ayudaba mucho a los jóvenes…

—¿Juan Rejano?

—Juan Rejano, así es. Con Rejano nos formamos muchos. Recuerdo a Musacchio, a Alberto Dallal, a Manuel Blanco y a Jesús Luis Benítez, que ya murieron; una gran cantidad de jóvenes que se formaron ahí. Digamos que yo no me formé, pero me consolidé dentro del periodismo cultural. Yo veo más como mi maestro a Rejano. En fin, era una lista larga.

”Tuvo dos épocas ese suplemento: en la primera, colaboraron gente como José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, escritores más reconocidos y, bueno, Rejano era un hombre que tenía las páginas abiertas para todos aquellos que quisieran. Ese fue el principio. Y ocasionalmente estuve con Emmanuel Carballo en Ovaciones, que tenía una especie de suplemento cultural, una sección que él dirigía, y ahí estuve un tiempo muy limitado…

—¿Comenzó haciendo periodismo cultural exclusivamente?

—Sí. El periodismo político lo empecé a ejercer en el Unomásuno. Cuando Manuel Becerra Acosta funda el periódico en 1975 yo tenía 34 años; comencé en la sección política como analista político y como reportero político, ahí empieza mi carrera dentro del terreno político, que es la única que he podido mantener...

Para leer la entrevista completa, aquí




7.07.2011

kuin

un cerdo nace
cae al vacío sonriendo
tras beberse el cielo
lamenta tener cortas las patas
y ancho el hocico
se pudren los frutos cual hombres maduros
y nubla su visión futurista
al caer en un mundo de lodo

desde hoy
la tierra, carece de alimento.

5.09.2011

El equilibrista

Amaneces. ¿Y a quién putas le interesa lo que escribas? Desde el corazón pocos entienden.
Las horas son una lluvia de lágrimas y de terrores y de grises desperdigados por todos lados.
Soy un equilibrista que llora hacia arriba porque no quiere mojarse los pies con su propio llanto.
Hace tiempo conocí el estado natural del mundo, sus senos parlantes y henchidos de esperanza. Como un niño los bebí y crecí deprisa. Y luego fui a caer en el infierno.
Pero el infierno no es más que un dulce encanto vestido de perla que huele a flor.
Hace tiempo también morí, como suelen hacerlo las aves: en tránsito, aleteando con fuerza disparatada e incongruente, con un trinar lleno de fuego, de cascadas hirviendo como una piedra lunar.


Hacía un buen tiempo para morir, tal vez llovía y en las calles todo se confundía con tristeza o con el sonido del cuervo que acecha los ojos más oscuros del planeta. Eran los ojos de una niña pequeña que jugaba en círculos sobre el césped recién cortado.
El cuervo afilaba su pico desde el cable de luz como un aeroplano en dirección al mar: sus ojos eran el mar. La niña alargaba el brazo para impulsarse y dar vueltas como una veleta de tiempo
-el tiempo se termina una vez que ha terminado el juego-


Entonces el cuervo se vuelve un paréntesis en el transitar del tiempo y del juego y se gesta una suerte de condición para seguir viviendo. La niña es la vida y el cuervo el paréntesis. El pico del cuervo se perfila al mar: le escarba la vida, la sustrae. La niña es una imagen violeta que se integra a la natural belleza del rumbo de las cosas.
Despiertas y naces. Nuevamente, como un ciclo intempestivo que carece de respuestas: vida, aire, latido y bombas que estallan. El amanecer es frío y chocante como una mueca siniestra del presente. Ya no se dan pasos en el presente.
Hoy nací cuando los pasos se dan en el pasado.
Cada paso es en dirección opuesta: el sol es la luna y cada gota de agua pesa como un quinqué, cada paso es en dirección al tren que siempre está por llegar pero no llega, cada paso es un mal chiste, una broma estúpida, cada paso se da con los pies descalzos sobre los vidrios rotos del espejo: el espejo es lo que más duele a cada paso.

Ahora soy el gran equilibrista.
El ciego.
El de las manos atadas.
Camino sobre una línea invertebrada de luz que se filtra en el recuerdo.
Camino sobre el agua, porque eso también es posible.
La fe se quedó en el tintero y el tintero fue a dar contra el piso cuando la historia se quedó en puntos suspensivos...
Soy ahora mi propia historia escrita con un beso en la palma de la mano.
El hacedor de infiernos jamás lucubrados.
Nací en el parto de una serpiente cuando el calendario comenzó a incendiarse.
Y en un tiempo viví arrastrándome sobre la arena, zigzagueando hacia un futuro promisorio, sacando la lengua y mostrando los dientes.
También envenené a propios y extraños.
Me alimenté de la esencia de las cosas sin masticar, lo devoré todo hasta un corazón y tres pecados mortales, una canción también se disolvió en ácido y las flores dejaron de crecer.
A la niña le dan miedo las serpientes, dijo el cuervo desde su luz punzante.
El cuervo es un paréntesis, insisto y la historia no miente.

Me sumergí en sus ojos y todo se volvió silencio.
Un silencio verde.
Con su color pinté las nubes desde un alto puente en llamas para identificar a cada una de ellas, para no perderme entre las otras que deseaban confundirme.
También tejí una trenza de días con sus ojos, era una trenza larga unida perfectamente día con día.
Llegué a formar meses: los meses de sus ojos, escribió el otro equilibrista, el que ya había abandonado el circo en busca de un árbol para descansar.
Me sujeté la trenza en mi cuerpo mientras descendía en un largo pozo lleno de voces, de calumnias. Me sentía seguro: la trenza de los días tenía luz propia y un aroma apenas perceptible, pero intenso.
De esos aromas que se registran para siempre.
No supe en qué momento llegué hasta el fondo. Mis pies descalzos sintieron la fría superficie, ¿qué quería encontrar allí? No lo sé del todo, hasta hoy nadie lo sabe.
Pero así son las búsquedas, inoportunas, día tras día.

Me arrojé de un paracaídas cuando el sol llenó de su música las tersas arenas del desierto. Matizó con el ámbar de su luz los muslos de la tierra. Yo caí encima de ellos como un proyectil etéreo, silente, emanado de los cielos oscuros pintados por la mano del creador.
Esa era una misión.
Recorrer aquel espacio con el tacto del espíritu.
Ahondar en sus arenas en busca de un otoño que según leyendas florecía cada cierto tiempo.
Me deshice del paracaídas que parecía una mantarraya adosada a mi cuerpo.
Enfoqué mi visión al horizonte y alcancé a mirar las dunas que se yerguen al final del desierto.
No era misión fácil.
A cada paso me envolvía una seductora sensación cargada de aromas dulzones.
Tuve que cubrirme con la misma arena todo el cuerpo: mis brazos, mi pecho, mis rodillas con el fin de lograr la unidad con el espacio, ser una mezcla homogénea para alcanzar llegar a la gran duna.
En ese sitio podría beber de la fuente del manantial que se había construido con el único propósito de satisfacer la sed de los visitantes.
Muchos de ellos perecieron en su intento.
Busqué en mi bolsillo la brújula de cristal que ayudaba a guiarme, pero allí se mostraba inservible, nula, estaba congelada.
Decidí cerrar los ojos y me llené la cara con la arena, probé un poco de ella y sabía a futuro, es imposible describir la sensación que me produjo: fue como un espasmo, un leve temblor en mi garganta, una condena.
Pensé que perdía el tiempo ahí en medio de la nada: las dunas se encontraban extraviadas en la lejanía.
De pronto escuché una voz: No temas, sigue caminando sin detenerte, no es necesario mirar, es la única dirección...
La voz me envolvía, parecía un eco cortante.
¿Por qué deseas saberlo todo?, dijo la voz y prosiguió: ¿por qué buscas una explicación? Sólo anda, camina...
Cuando la noche extendió su manto sobre mí, me deshice de la arena, me era imperativo abrir los ojos: estaba en el mismo lugar.
Minutos más tardes, abatido, confundido y cansado la voz profirió unas palabras:
-Estás en el mismo sitio porque sólo tienes miedo de caminar con los ojos del alma.
Ese día también morí, como suelen hacerlo los ciegos que tienen las manos atadas bajo la noche sin luna.

(Fragmento)

5.02.2011

nota 300

:

desde que cancelé mi cuenta de Facebook, descubrí quienes me seguían por interés, quiénes son mis amigos y quiénes amenazaban puramente con deseos sexuales...

--jc

2.22.2011

Entrevista con Elena Santibáñez, editora de R&B. Revista Palabras Malditas.Net



Elena Santibáñez tiene el amor de sus hijos dos y de sus amigos todos. Pertenece a una generación de sociólogos clasemedieros con conciencia (o al menos facha, dice) proletario-jipiteca de la UAM Azcapotzalco. Ha sido editora de libros y revistas, iconógrafa, productora y editora fotográfica, entrevistadora, redactora, correctora de estilo, guionista efímera de TV y mesera por un día del Carlos'n Charlie's Masaryk.

También ha vendido ropa en abonos y convertido su casa en antro y galería clandestinos y expresa que “la mera verdad, lo que mejor hago son quesadillas de hongos”. Hace ya muchos años fue reina de las fiestas patrias de su pueblo y en 2006 obtuvo un premio de periodismo en Madrid, España.

En la actualidad es editora free-lance, colaboradora de Milenio Diario y Milenio Semanal, y promotora dentro y fuera de México de los libros que ella misma edita para Rhythm & Books, el sello que dirige al lado de Verónica Maza Bustamante.



¿Cuándo nace la editorial?

En junio de 2009 se publicó el primer libro -Corazón minado. Declaratoria, de Pascual Reyes-, pero el trabajo empezó un año antes y la idea varios atrás.


¿Hay mercado para este tipo de títulos?

Hay mercado para toda clase de libros, el chiste es saber ubicar el público.


¿Dónde surgió la idea de editar obra literaria hecha por músicos?

He trabajado en el medio editorial por mucho tiempo y sobre la marcha fui aprendiendo y perfeccionando cosas. Desde hace varios años quería emprender un proyecto editorial propio, que fuera original y de buena calidad. Tenía ganas de hacer los libros que nunca pude hacer para otros porque mis ideas parecían descabelladas o arriesgadas. Elegí la veta de los músicos porque dos de mis amigos, Carlos Avilez (bajista de Cuca) y el Sr. González, me mostraron su trabajo narrativo y me pareció excelente.

Después conocí a Pascual Reyes (vocalista de San Pascualito Rey) y le pregunté sobre un libro de poemas que yo sabía tenía escrito e inédito, me lo dio a leer y yo hice una selección. Así, ya tenía tres originales de muy buena calidad con los que decidí crear Rhythm & Books. Ahora cada vez estoy más convencida de que muchos músicos traen su “guardadito” literario. En esta búsqueda de talentos Verónica, mi socia, está jugando un papel muy importante.

Para leer la charla completa, entra a PalMal.

2.14.2011

El peso del escritor. Cuento publicado en la Revista El Búho.

Se publicó en el número 126 de la revista El Universo de El Búho, que dirige en maestro René Avilés Fabila, mi relato "El peso del escritor", que sencillamente trata sobre la necesidad imperante de contar con una silla cómoda para realizar la labor creativa, o sea: escribir. La revista cuenta con grandes colaboraciones en poesía, ensayo y narrativa, así como una editorial interesante sobre cultura y medios de comunicación. Para leer, ingrese a El Búho...

Alopecia. Cuento publicado en Palabras Malditas.Net



Todo comienza esta mañana, cuando aparece una idea original en la cabeza de alguien, digamos que es alguien a quien le llegan ideas originales frente a la computadora y nunca logra escribirlas. Pongamos que tiene un nombre, pero no se menciona, puesto que apuesta por el anonimato: es el anónimo dos mil, en un país de 100 millones de habitantes, o bien podría ser el trescientos en un país pequeño: es lo de menos. Lo demás es que se ha quedado solo con una idea original en la cabeza. Su cabeza es calva, quizá por eso tiene ideas originales, pero por eso también está solo.

¿Por qué me dejas? ¿Porque soy calvo?

No, porque eres un hombre calvo

Así fue el diálogo esta mañana, los mejores diálogos se dan por la mañana, para eso se crearon las mañanas. Pareciera una broma absurda, pero es cierto: esta mañana ella lo dejó porque era un hombre calvo. Quizá si hubiera sido un medio hombre no tan calvo y hubiera sido otra mañana, jamás lo hubiera dejado. Pero así sucede cuando no hay nada más que decir. Uno puede tener mucho pelo, pero frente a una mujer decepcionada y decidida es demasiado probable que te miren como un hombre calvo y te abandonen.

Entonces, ¿te vas?

Sí.

La pregunta había sido la respuesta, que en toda relación debe de hacerse, de no hacerla se corre el riesgo de parecer loco, pero es mucho más triste ser abandonado por ser calvo y no por ser loco, al menos así lo sintió esa mañana de inédita franqueza pues con anterioridad a otras mujeres les preguntó lo mismo y le dijeron loco y él pudo superar la ínfima desgracia, porque un abandono por locura es un lugar común, pero ante la calvicie es un martirio.


Para leer éste y otros relatos más interesantes y verosímiles, ingresa a PalMal...

2.12.2011

Famosas novelas rechazadas. Ensayo publicado en revista digital Justa.


A Jorge Herralde, editor y propietario de Anagrama, le gusta citar a Olivier Cohen: “Un editor no debe ser juzgado por los buenos libros no editados, sino por los malos que publicó”. La frase no carece de lógica, pero tampoco esconde el problema: ¿por qué hay editores que eligen los malos en vez de los buenos?

El enigma editorial no tiene solución: nadie sabe por qué un libro triunfa, por qué una novela se edita y fracasa o se rechaza y, con el tiempo, acaba vengándose de los editores que la tiraron a la basura. Rechazar, sin embargo, es el destino infausto de las editoriales. Siempre, y con la crisis más aún.

La historia de las novelas rechazadas es tan amplia que daría para una enciclopedia sobre la historia de la edición. De la edición, sí; y no como parecería más depuradamente de la no-edición, porque si hablamos de rechazos célebres es porque, a la postre, esas novelas han acabado triunfando.

Primera moraleja: afortunadamente, no todos los editores son iguales. Todos coinciden, sin embargo, en que en general se les escapan muy pocas obras maestras, pero la historia de la literatura está sembrada de errores. Aunque algunos, muy célebres, corregidos a tiempo.

Desde Cien años de soledad a Lolita

Carlos Barral se pasó media vida lamentando haber rechazado publicar Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. André Gide, que trabajó de lector para Gallimard, devolvió En busca del tiempo perdido al editor con un comentario del que se arrepintió más tarde: “No puedo comprender que un señor pueda emplear treinta páginas para describir cómo da vueltas y más vueltas en su cama antes de encontrar el sueño”. En definitiva, la obra maestra de Marcel Proust le parecía un tostón con magdalena.

Los editores que leyeron el original de Lolita, le recomendaron a Nabokov encerrarlo bajo siete llaves. Salvando las distancias del sexo tabú a la timorata política, lo mismo le pasó a Camilo José Cela con La familia de Pascual Duarte.

Richard Brautigan tuvo tiempos de best seller y pop star gracias a los tres millones de ejemplares vendidos de su inclasificable novela/poema en prosa La pesca de la trucha en América; pero aquí, el escritor norteamericano nos interesa por un célebre fracaso: el continuo “no” de los editores a publicar su primera novela, El aborto, y su consecuencia: inspiró una biblioteca de novelas rechazadas en Burlington (Vermont), en donde cualquiera puede depositar resignado y vencido su manuscrito por siempre inédito. Sirva de consuelo.

Para leer completo el ensayo, aquí

Niña incansable de la poesía. Entrevista con Dolores Castro. Revista digital Justa.


Nacida en la ciudad de Aguascalientes el 12 de abril de 1923, la poeta, narradora y ensayista Dolores Castro pertenece a la llamada Generación del 50, donde desfilan nombres como Jaime Sabines, Rosario Castellanos, Sergio Magaña, Emilio Carballido y Enriqueta Ochoa. En 1952 publicó Dos nocturnos; luego vendrían La tierra está sonando (1959), Cantares de vela (1960), Soles (1977), Qué es lo vivido (1980), y otros poemas publicados en revistas, antologías y volúmenes colectivos. Su única novela, La ciudad y viento, vio la luz en 1962. La antología No es el amor el vuelo (1992) está publicada en la tercera serie de la colección Lecturas Mexicanas.

En esta entrevista, explica el origen y el desarrollo de su obra poética, construida a lo largo de más de cuatro décadas. Con la sonrisa franca y amable que le caracteriza, Lolita –así la llaman sus alumnos, con este diminutivo que se acomoda con afecto a los actuales 87 años de la maestra– se dispone a charlar sobre su labor incansable dentro de la lírica mexicana del siglo XX.

¿Cuándo descubre su interés por la escritura?

No es muy pronto. Pero sí creo haber tenido desde niña una necesidad de contemplar las cosas, que es como el principio de una vocación artística. Me gustaba dibujar, me gustaba mucho leer, y también escribir. Como al tercer año de primaria, sin darme cuenta, una tarea: era una composición sobre la primavera y me saqué primer lugar y una medalla y quedé muy sorprendida de semejante cosa y ni sabía que tenía capacidad para escribir. Poco a poco se fue desarrollando. Primero no me atrevía a expresarme con toda la sensibilidad, sino que hacía poemas irónicos y de crítica. Mucho tiempo después empecé a escribir poesía, cuando ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras, en Mascarones… Ahí tuve muy buenos compañeros, entre ellos, Ernesto Cardenal, pues era mi compañero de la otra banca. Venía con una educación en la poesía muy especial, porque los que fueron maestros de él y de Ernesto Mejía Sánchez, que era mi otro compañero, fueron de la vanguardia de donde también había surgido Rubén Darío.

Tuvo una relación muy cercana con Rosario Castellanos…

Rosario Castellanos fue mi compañera desde tercero de Secundaria y estuvimos también en la misma Facultad, aunque ella estudió filosofía, y yo literatura. La Facultad de Filosofía y Letras era entonces una pequeña facultad en que estábamos relacionados la mayor parte de los que convivíamos, así fueran de filosofía, de historia y de literatura.

¿Qué buscaban ustedes en la poesía?

Lo que buscábamos era salir de lo que fue el Modernismo, que estaba muy próximo pero que ya no podía ser después de las vanguardias. Pero creo que ninguno de nosotros estuvo de acuerdo con el Estridentismo, pues los estridentistas eran los enemigos de la revista Contemporáneos…

Para leer la entrevista completa, aquí

8.03.2010

circe

I

mordiendo los silencios
de tu cuerpo
están mis manos

ciegas en el roce eterno
de tu espalda
se derivan ecos matinales
de paloma

suaves hojas se desprenden de tu pelo
y van cayendo tibias
sobre el arroyo de tu pecho
canta el otoño en nuestra cama.

II

¿por qué mirar en una hoja la eternidad del mundo?
transida de angustia por un guiño del invierno
¿a qué distancia está el ahora?
cuánta pasión se hiela en el presente.

III

mordiendo la luz están los cuerpos
traslúcidos de impúdico brillar
como una larga danza de veranos
revelan su fulgor tras una sombra de vitrales

IV

¡cuánta dulzura hay en tu vientre!
eterno de melancolía, de antiguos árboles de seda
que llenan de fragancia mis anhelos
trashumantes de fatiga en pleno vuelo

Circe en las rocas errantes
haces primaveras de flor sobre mi pecho
hilas tus redes de cielo en mi agonía
dejas tu sed sobre mi boca.

Amor

¡Cólmame de tus silencios!
como una raya de vida
de palomas
que se inflame el calendario
adusto
en esta noche suspendida

7.25.2010

deleite




floración de mar
de muslos
curvaturas relucientes
separadas

por mis manos

floración de sol
de luz mojada
anegación ruidosa de gargantas
timón de lenguas
de mieles

por tu espacio

me vierto
de raíz a punta
duro
como tren
en marcha

--en el túnel
de los sueños--

entro
de tallo
de tajo celeste
en algo líquido de ella
angelical

ya
colmados en el ruido

un sorbo de gemidos
son nubes lluviosas
trepidan por la espalda
resbalan por las aberturas
y las bocas

nos suspende un grito ahogado

hacia la absurda
marcha de las horas
se termina poco

exhalamos

tú mirándo las órbitas del universo
yo mirando el cielo todavía

7.18.2010

por cierto
el amor está en los
tendederos
en los calzones
en el trajín cotidiano
en las coladeras abiertas
en las suelas de zapato
en la inconmensurable
barbare del amor

está, por cierto
en la mañana
en mi cuarto
en mi mesita
en el reloj despertador
que desquicia mi día
y recalca tu huida

está
profético
en la comida
del perro
en mi comida
en la sien
del paranoico
en la siniestra y larga
risa del engaño

se filtra
en la madrugada
en los comerciales baratos
en la casaca del vago
en las formas del cielo
cayendo a pedazos

y va a parar
en la piel de la fruta
en su estructura
en su humedad dulzona
en su centro
en su abertura

en la soltura de beso de ese par de tontos en la banca del parque
en los números de mi calculadora
en la voz de los políticos infames
en mis setenta horas de oficina,
en sus sillas
en el refejo de mi computadora
en la voz de mis amos

en sus puntos suspensivos

¡que reviente el opaco cielo
en milones de sollozos dolientes!
que revienten
mis manos sobre mis manos
que reviente mi historia a tu lado
y nos trague la adorable soledad

por cierto
mi amor está
aquí, punzante y amargo
a la vista de todos
exhibido

está
realmente
tratando de decirme algo:

el verdadero amor
se encuentra dentro
y merece ser utilizado

7.10.2010

soy

Soy el que no es nadie
y vino a este mundo a decir mentiras

Soy como el que se habla a diario
y estrecha sus propias manos para no caerse

Soy el que se escucha en las mañanas con la boca llena
el que sujeta su vida con la boca
y bosteza de odio cada noche

Soy el que se traga las monedas
más duras en un día de trabajo
y llena de abono las ciudades
para que nazcan flores

Soy el que escribe con guantes de box
mientras cae hacia la lona...

Soy tu infinita búsqueda en libertad
la mancha atónita de tu edad
el asombro del próximo día
la comezón culpable
del mañana que detestas

Soy el pensamiento punzante
que persiste de luna a luna
la escopeta cargada
que desayunaste con agrado

Soy la similitud que tienes cuando sufres
el engaño de ser quien eres

Soy el que amanece Oro
y se duerme plástico

Soy la cañería más feliz
mientras fluya la sangre citadina
de los obreros muertos

Soy el que amo
y el que sabe amar lo que no es

Soy un gran eructo
un largo eructo ensordecedor
durante un día de campo

La piedra que ves
pero jamás entiendes
soy la piedra que juzgas
con envidia

Soy tu sien
mirando el ojo mortífero
de tu esperanza

Soy al que deseas ahorcar,
latiendo mojada
con tus piernas

La furiosa ola del mar
que arde en tus pupilas

Soy más que nunca
tu último suspiro
flor hermosa que se abre
y sana al mundo



escrito en una noche
de cielos que limpian con sus lágrimas
toda vileza humana.

polvo

caigamos juntos, amor hasta la cima
confiemos el lo inútil del tiempo y sus consejos
caigamos sujetos de las manos y del aliento
caigamos aprisa y sin reparo
sobre la savia de nuestros cuerpos
que envenena las manos y las lenguas

caigamos en las verdades rabiosas e insoportables
del espejo y de la sombra
caigamos en el lugar donde te invento y me creas
donde ambos nacemos y se acaba la historia
caigamos tiranizados del dulce encanto
de los ojos que se han visto corrompidos
y terriblemente azotados

caigamos si quieres despacio quemándonos por dentro
más de tres metros bajo tierra
quemándonos de vida
cual cenizas juntas
cual estela de cielos
cual milagro de polvo, cual polvo enamorado...



escrito en esta noche de grietas
por donde se filtra el amor y tiempo.

1.07.2009

a. pombo


con el escritor español álvaro pombo, primer ganador del premio herralde de novela, en el c.c. españa.

--su biografía

12.02.2008

Mostaza, de Elena Méndez



MOSTAZA


Para JC


Métete la mota en los calcetines, me dijo, y ahí voy en chinga, pero estaban guangos, Güey, me está temblando la rodilla, ¿qué tal si nos tuercen los pinches guachos? Trae pa’ acá, bruta, me la arrebató, Voy a meterla en un cierre secreto de la mochila, Cómo serás de pendejo, fúmate los churros en la casa, ves que Culiacán está lleno de retenes, No pasa nada, cabrona, límpiate las manos con este gel, trágate un chicle, ahorita se nos quita la peste, Chale, yo creo que debería autorizarse la mota para consumo personal, como en Amsterdam, pero este es un pinche país subdesarrollado, ¿Estás de acuerdo en que legalicen la mariguana? Sí, de todas maneras la raza se pone sus toques, ¿sabías que la reina Victoria tomaba su tecito de mariguana para que le quitara los cólicos menstruales? ¿A poco? Sí, tiene propiedades medicinales, Pos mira, yo he tenido viajes bien chilos, vuelvo a la infancia, se me olvidan todos los problemas, aparte una bolsita de 50 pesos me rinde un chingo, no como los cigarros, No deja de parecerme algo estúpido, insistí mientras deambulábamos en el auto, buscando un domicilio, No sé, yo nunca podría ser grifa, hasta el café me jode, sin embargo, pienso que debe legalizarse la droga pa’ que dejen de estar chingando; que sea algo acá, regulado, que paguen impuestos y todo, pero nadie mata a la gallina de los huevos de oro, mijo, Pos sí, morra, y el bato ya histérico porque no dábamos con el domicilio en Loma Linda, nos habían avisado que cerca de ahí estaban los milicos, yo seguía temblando machín, Sabías que nomás veníamos a entregar unas fotos, te pasas de vergas, Tá bien, pues, ya no lo vuelvo a hacer, y entonces volvimos a marcarle a mi amiga, Ah, ya sé por dónde, y ahí vamos a subir otra loma, que de linda no tiene nada, Ahí están los pinches guachos, me va a dar chorro, Cómo serás de culona, y yo figurándome la peor tragedia, ¡Y ándale! ¡Atrapan a dos hermanos mariguanos!, léalo en su periódico El Debate de Culiacán, pero nada, parecía que estaban tomando el sol los ingratos, fuimos y dejamos las fotos, no nos regatearon, milagrosamente, Vete despacio, que no parezca que andamos huyendo, a ver si agarras la onda, puto, si nos hubieran torcido, imagínate: mi Amá, la Carmen, todos bien agüitados, qué gacho; ¿me vas a hacer caso? Tá bien, repetía, quizá soñando en su próximo viaje.


[El cuento está publicado en La movida literaria. Gracias L., por la dedicatoria, un beso]

11.02.2008

cocaína -zine dos


nuevo número de cocaína -zine,
fanzine de israel chávez, y un grupo de carnales
que gustan de una literatura libre, porno, ácida, perversa...
incluyen un relato mío, lo que agradezco
se necesita el adobe porque está en pdf.




10.09.2008

Miller, encuentros y desencuentros


Henry Miller es uno de esos escritores que más huella acostumbran a dejar entre aquellos jóvenes que se sienten rebeldes y aquellos no tan jóvenes que odian anudarse la corbata. Encumbrado por los inadaptados de la generación Beat e incomprendido por la critica más puritana. Miller responde a esa clase de escritores de corte individualista que adoptan una postura de enfrentamiento contra la sociedad en la que viven.

Nacido en Nueva York en 1891, muy pronto decidirá que sus sueños no se correspondían a la vida a que estaba tocado a adecuarse. Cruzará el océano decidido a romper con su pasado y convertirse en escritor. Llegará a París con únicamente diez dólares en el bolsillo. Continuos cambios de empleo y una constante lucha por su subsistencia que le llevará a formar parte de la colonia de anónimos bohemios que deambulaban por los barrios artísticos de Montmartre y Montparnasse. A partir de entonces desarrollará una vida llena de dificultades que le alejará completamente de posturas cómodas o cotidianas; huyendo de horarios y sueldos fijos; encontrando la inspiración al mezclarse entre el bullicio de las calles; arrimándose a otros artistas errantes, a sabios villanos, y a delincuentes de poca monta.

En su último libro El libro de mis amigos, Miller homenajeaba a todos aquellos amigos que habían sido fundamentales en su vida. La mayoría eran seres anónimos, seres de la calle que no pertenecían a los ambientes culturales. Sólo algunas de sus amistades podrían catalogarse como conocidas, entre éstas, estarían sin duda los escritores Lawrence Durrell y Anaïs Nin.

Durrell es particularmente famoso por su Cuarteto de Alejandría, y en especial por el primero de los volúmenes: Justine, cuya protagonista, tal como el personaje sadiano, se encargará de buscar el placer como forma plena de aprendizaje. El libro destaca por la bellas imágenes con las que se describe la ciudad de Alejandría y por su alto contenido erótico. La obra más conocida de Anaïs es Delta a Venus, un libro que sería considerado por las feministas como una declaración de principios en la liberación sexual femenina. Y en el cual, Anaïs trabajó escribiendo historias cargadas de erotismo. El argumento es el de una chica escritora que trabaja bajo el mecenazgo de un excéntrico millonario y que éste le paga un dólar por cada página escrita. Tras su publicación se ha ido alimentando la leyenda de que ésta era en realidad una historia autobiográfica.

Miller conoció a Anaïs Nin en su estancia en París, durante su segundo viaje a Europa, en el año 1931. Años después mantuvieron ambos una intensa relación triangular con la mujer de Miller, June Mansfield. Al británico Durrell lo conoció en 1937, una amistad que se fue afianzando tras el paso de los años. Miller incluso vivió como invitado durante un año en la casa que Durrell tenía con su esposa en la isla griega de Corfú. Vivencias que le sirvieron luego, para escribir El Coloso de Marusi (1941). Tanto con Durrell como con Anaïs mantuvo prolíficas relaciones epistolares, que posteriormente fueron recopiladas y publicadas.

Esta triada de pluma rebelde destacó por abordar crudamente el tema del erotismo desde sus libros. Miller afirmaba que éste, era consecuencia del ejercicio desbocado del amor; era como alcanzar un grado de espiritualidad máxima. Anaïs en cambio, supo cubrir ese erotismo con velos transparentes de misterio, provocados por los arraigos y desarraigos del autoconocimiento. Durrell teorizó sobre el placer como búsqueda. Los tres escritores previamente habían sido influenciados por el escritor británico D. H. Lawrence, y su novela El amante de lady Chatterley, donde se narran las relaciones sexuales entre una mujer y el guardabosques de su noble esposo. Miller y Anaïs habían comenzado sendos ensayos sobre éste. El de Anaïs se publicó en 1932 con el nombre D. H. Lawrence: An Unprofesional Study; mientras que el de Miller se editó con el nombre de World of Lawrence en 1979 (lo que había comenzado como un simple ensayo en 1933 y con el que Miller bromeó durante el resto de su vida, pues estuvo a punto de no terminarlo nunca).

Estos encuentros entre Henry Miller, Anaïs Nin y Lawrence Durrell lo que hacen es reafirmar la conocida frase de Borges que decía que cada escritor crea a sus propios precursores. Los encuentros entre los tres escritores fueron en parte casuales, y en parte buscados por cada uno de ellos, de tal manera que los tres buscaban compartir y desarrollar una nueva forma de escritura, en que se primara el impulso vital, y donde el erotismo no fuese censurado. Así, con un poco de suerte, era inevitable que antes o después dichos escritores se acabasen conociendo. Leyendo los libros autobiográficos que se realizaron a partir de conversaciones con Henry Miller, el de Bradley Smith Mi vida y mi tiempo y el de Christian de Bartillat Conversaciones con Henry Miller sorprende sin embargo una ausencia entre sus influencias. Sorprende que en ningún momento Miller nombrara al pintor Balthus, aunque el motivo fuese posiblemente que esa misma casualidad que hizo que se acercara a Anaïs y a Durrell, fuera también la que impidió que se cruzara con Balthus. Los dos artistas coincidieron en París durante la década de los 30, pero en aquella época París era un hervidero de artistas, con el dadaismo y el surrealismo en pleno auge. Además, tanto Miller como Balthus se mantuvieron siempre independientes a aquellos círculos artísticos, por los que sus influencias fueron bastante particulares.

Miller siempre tuvo un interés especial hacia la pintura, él mismo presumía de haber llegado a pintar varios millares de acuarelas. Y es que, únicamente tras la perdida de visión del ojo derecho en sus últimos años, dejó de pintar. Decía que para él escribir era trabajar mientras que pintar significaba en cambio jugar. La relación de Miller con la pintura fue siempre muy estrecha: expuso la primera vez sus acuarelas en 1927, en Greenwich Village; en los momentos de penuria económica las acuarelas llegarían a servirle como tabla de salvación al ser canjeadas por comida, ropa o incluso las cuentas del dentista. Miller publicó también un libro dedicado a la pintura Pintar es volver a amar (1960).

El escritor, preguntado por sus gustos sobre pintura, exponía sus preferencias: Hans Reichel, Paul Klee, John Martin, Picasso, George Grosz, Marc Chagall, etc, pero nunca Balthus. ¿Y por qué debería de estar Balthus? Porque Balthus fue a la pintura lo que durante esos años Miller fue a la escritura.

Balthus, nacido en París en 1908, cuyo nombre verdadero era Balthazar Klossowski de Rola, descendía de un linaje aristocrático. Se caracterizó por una pintura muy realista, llena de vida y erotismo. Durante muchos años se le criticó el uso de jovencitas para sus cuadros, a lo que él siempre contestó que su búsqueda artística iba encarrilada hacia encontrar la pureza y la belleza, y éstas características eran especialmente notorias en las jóvenes lolitas, que utilizaba como modelos.

Tanto Miller como Balthus sufrieron la dura crítica norteamericana por su elevado erotismo. Miller sufrió la censura y durante treinta años la publicación y venta de sus dos Trópicos fue prohibida en los Estados Unidos, las ediciones originales en inglés publicadas en Francia serían un bien muy buscado para aquellos norteamericanos que pasaban por Francia. Pero también allí, tras la publicación de Sexus se formó un gran escándalo: fue interrogado por un tribunal parisino con la posibilidad de que se le abriera un proceso penal, del que finalmente fue absuelto. Balthus por su parte, protagonizó un duro enfrentamiento contra los críticos norteamericanos que le colgaron la etiqueta de pintor pornográfico y que incluso llegaron a acusarle de pedofilia.

Curiosamente, tanto Miller como Balthus declararon que su arte era un canto a la libertad, a la vida y a la belleza; que el erotismo era sólo una consecuencia de sus obras. Ambos, a lo largo de su vida se desvincularon una y otra vez de estar haciendo arte pornográfico, e incluso los dos confesarían en sus escasas entrevistas, que ésta no sólo no les estimulaba sino que les aburría. Otro dato anecdótico que parece unir a ambos artistas, es su atracción hacia las culturas orientales. A Miller le gustaba leer sobre el budismo zen, sobre la China, el Tibet y el arte Japonés. Balthus viajó varias veces al Japón. Se da la casualidad de que ambos se casaron en 1967 con mujeres japonesas, a las que superaban en varias decenas de años. Balthus se casó con Setsuko Ideta, siendo esta su segunda esposa mientras que Miller se casaría en su quinto matrimonio con la pianista japonesa Hoki Tokuda, un matrimonio que se rompería diez años después, aunque ya nunca volvería a divorciarse. Su último gran amor correspondería a la actriz Brenda Venus a la cual dedicaría los últimos años de su vida, muy menguado físicamente, pero dotado con la misma intensidad vital que tenía durante los años locos de París.

9.29.2008

Milagro divino

[...] era como si cada noche durara varios siglos, de modo tal que,
durante esta inmensidad de tiempo,
bien podían haberse operado en la especie humana,
en la tierra misma y en todo el sistema solar,
las transformaciones más profundas.'

Daniel Paul Schreber



Ella duerme, de lado, y desconoce todo lo que alrededor ocurre. Las ventanas de su habitación están cerradas. Es imposible que una línea de luz se filtre. Hay un silencio absoluto. Si algún sonido se produjera afuera del dormitorio nadie lo escucharía dentro, no sólo por los gruesos cristales, sino por los cortinajes. Lo único que se oye son las manecillas del reloj. Son las once y veinticuatro. Alguien abre la puerta despacio, y provoca un leve sonido al rozar con sus pies el pelo de la alfombra. Una mano tersa y alargada toca uno de sus hombros. Parece que sus uñas acaban de ser arregladas por la manicurista. Su cuerpo a excepción de su nuca está oprimido por el peso de las colchas, y al mismo instante ese punto de su hombro está oprimido también por el peso de esa mano fina y suave. ‘Linda, te esperan abajo’. Los dedos alargados dejan de tocarla, y vuelve a oírse el sonido de los pies al rozar la alfombra. La puerta queda cerrada. Una de sus mejillas reposa sobre el almohadón mientras alguien vino a inquietar su sueño. Un leve dolor en su oreja hizo que cambiara de posición. Sus piernas tenían temperaturas diferentes, las movió.

Fragmento, publicado en revista Homines

9.14.2008

sobre david foster wallace y la broma infinita



Para empezar, ¿qué es La broma infinita? Lo diré en orden ascendente: una cita seminal de Hamlet (la referencia traumática más persistente de la novela) en la que el ingenio infinito del príncipe danés glosa los méritos afines del bufón Yorick: "a fellow of infinite jest, of most excellent fancy" ("un individuo de infinito ingenio, de excelsa imaginación", Act. V, Esc. 1); una serie excéntrica de cinco películas experimentales obra del cineasta suicida James O. Incandenza, la figura fantasmal y paternal del libro, un admirador de Bresson y experto en manipulaciones ópticas cuya filmografía completa (distorsionado reflejo en muchos casos de su aciaga vida) se ofrece en la nota 24, entre las páginas 1096 y 1106 del libro; un intrigante cartucho de "entretenimiento" cuyo absorbente poder de fascinación lo convierte en un absoluto arrebatador para sus espectadores, un abductor anímico de efectos devastadores; y, finalmente, una novela elefantiásica (1092 páginas de "cuerpo central", más un suplemento de 115 páginas de "notas y erratas", en la brillante versión española) escrita por uno de los grandes escritores norteamericanos del momento.

La broma infinita es quizá el ejemplo más extremo de narrativa anular: un anómalo bucle novelístico girando en el vacío cultural de su insidioso tiempo, una novela invertebrada, sin principio ni fin, en la que la narración se autorreplica indefinidamente fundiendo una cantidad inagotable de materiales enciclopédicos. En este sentido, más que de novela, cabría hablar, como hiciera Calvino, de hipernovela: una novela de novelas, un texto inabarcable y múltiple construido mediante el bombardeo selectivo de las estructuras, soportes y cimientos de la narración moderna, convencional o no. Así, entre las muchas novelas y metanovelas que construyen con su adición al infinito la compleja textura narrativa de La broma infinita se encuentran una novela política sobre el destino paródico de América (ahora, la Interdependencia de la ONAN); una novela cómica sobre la desnuclearización de la familia nuclear (la familia Incandenza, entre otras); una delirante novela de espionaje y terrorismo (con travestismo incluido) entre norteamericanos y canadienses; una novela didáctica sobre la rivalidad moral entre un tenista superdotado y depresivo (Hal, segundo hijo de Incandenza) y un delincuente drogadicto en rehabilitación (Donald Gately); una novela irónica de ciencia-ficción sobre un territorio biotecnológicamente modificado; una truculenta novela sobre alcohólicos, drogadictos, la demencia y otras patologías de la conducta; una novela psicológica sobre una academia de tenis (fundada por el cineasta Incandenza y regida por su promiscua esposa, Avril), sus tenistas aspirantes, la disciplina ascética y la ideología competitiva; una novela anafrodisíaca sobre las conquistas sexuales de un famoso jugador de fútbol americano (Orin, primogénito de Incandenza); una inconclusa novela de amor entre un ex adicto (Gately) y una ex musa fílmica con el rostro velado a causa de la terrible belleza de su rostro (Joelle Van Dyne, alias "Madame Psicosis"); una novela fantástica sobre una película aesina; etc. Pero La broma infinita es, sobre todo, una melancólica suma narrativa sobre las variadas formas de la adicción, la monomanía, la toxicomanía, el enganche y la entrega obsesiva: "Todos nos morimos por entregar nuestras vidas quizá a Dios o a Satán, a la política o a la gramática, a la topología o a la filatelia; lo que sea es secundario para esta voluntad de entregarse de forma total" (la cursiva es mía).

Es como si a la receta acreditada de una novela posmodernista de la época primigenia (Pynchon, Barth, Coover, entre los más influyentes en Wallace) se le inyectaran dosis masivas de los mismos ingredientes alucinógenos: incongruencia figurativa, humor negro, comicidad desbordante, inventiva circunstancial, inteligencia especulativa, imaginación perversa, metáforas deslumbrantes, sátira cruel, nihilismo hilarante, ironía corrosiva, sin olvidarnos del malsano sentido de lo grotesco (marca de la casa) en la minuciosa observación de la vida cotidiana. Como si el combate edípico de escritura de esta novela inmensa consistiera no sólo en la superación metabólica de los procedimientos y fines de sus modelos generacionales sino en su rigurosa conducción al extremo, en su hiperbolización sistemática. En suma, esta novela terminal de Foster Wallace procedería a liquidar todas las herencias (la del modernismo y el postmodernismo tanto como la de los diversos realismos, más o menos sucios), a dilapidar todas las fortunas atesoradas por los antiguos propietarios de la casa de la ficción, con el fin de crear un artefacto narrativo a todas luces excesivo y enérgico que certifique el final de la novela del exceso (y también de la novela del defecto) y se erija a su vez en interminable celebración de la infinitud novelesca (no obstante, más que con el Ulises de Joyce o El arco iris de la gravedad de Pynchon, novelas modernista y postmodernista un tanto paradigmáticas, me atrevería a emparentar esta asombrosa novela de Wallace con las heterodoxias imaginativas de At Swim-Two-Birds, de Flann O´Brien, o Giles Goat-Boy, de John Barth).

Es más que irónico, no obstante, que esta saludable intención homeopática del proyecto se vea tematizada en la ficción a través de dos elementos de distinta relevancia: el primero sería la alusión a ese procedimiento supuestamente innovador de curación del cáncer mediante la inoculación de nuevas células cancerígenas en el organismo enfermo; y el segundo, decisivo en la disparatada trama política de la novela, se referiría a la monstruosa orografía de la Gran Concavidad. La reconfiguración con finalidades ecológicas del territorio americano, una de las muestras satíricas más logradas del fértil ingenio de Wallace, dará lugar a una topología insólita, un vertedero voraginoso donde proliferan incontables mutaciones. Y este es el paradigma aberrante en el que se refleja estéticamente La broma infinita, su gran tropo novelístico: ese fabuloso crisol terrestre de basuras, desechos y residuos radiactivos, un "agujero negro" orgánico bombardeado periódicamente no sólo con más detritos y desperdicios sino con más radiación y sustancias tóxicas a fin de que las materias contaminantes allí arrojadas cobren una vida metamórfica y autónoma que les impida volverse peligrosas para el resto del territorio. En la ficción, a este paradójico principio se le llama fusión anular, y en él basa esta novela indescriptible toda su fuerza narrativa y estilística.

Como la ambición de Wallace no reconoce límites, en una brillante invención de estirpe swiftiana, ha concebido también una remodelación total de las coordenadas temporales de la ficción en paralelo a esta maliciosa broma sobre la redistribución geopolítica del espacio narrativo. El tiempo de la novela es el "Tiempo Subsidiado", el calendario sufragado para sanear las deficitarias arcas del estado: la unidad cronológica equivalente al año antiguo padece ahora el patronazgo servil de alguna compañía comercial deseosa de publicitar al más alto nivel categórico la calidad de sus productos. De ese modo, el artificio narrativo del tiempo se vuelve definitivamente capitalista: gran parte de la acción de la novela sucede en el "Año de la Ropa Interior para Adultos Depend", aunque haya acontecimientos situados en el "Año del Superpollo Perdue", en el "Año de la Muestra del Snack de Chocolate Dove" o en el "Año del Parche Transdérmico Tucks", por no hablar de los escasos sucesos del "Año de los Productos Lácteos de la América Profunda". Las secuelas narrativas de semejante tratamiento del tiempo son indiscutiblemente paródicas: la escala cervantina con la que la magnitud humana de los hechos narrados aparece disminuida por su ubicación cronológica a la sombra del "sublime ridículo" consumista no es la menos importante.

Otro motivo esencial abordado en la novela (y al que el autor había ya dedicado un ensayo seminal: "E unibus pluram: televisión y narrativa americana") es el "entretenimiento" entendido como elemento adictivo y factor de cohesión social. Una sociedad dominada por la necesidad de la evasión y la diversión audiovisual permanentes, la espectacularización de lo nimio, la expectante vigilancia de lo obvio: "Hay un sinfín de miradas privadas a pantallas a medida del cliente detrás de cortinas cerradas en la ensoñadora familiaridad del hogar. Un mundo flotante y no espacial de expectativas personales". El vector narrativo de esta cohesión paranoica lo encarna la evasiva circulación de un cartucho de vídeo mortalmente divertido, ficticio punto de fuga de la novela. El enigmático origen de este cartucho exterminador, la banalidad visual y algo misógina de su contenido manifiesto (feminidad y maternidad = muerte; la ecuación funesta, según los descubrimientos vitales del doctor Incandenza, del matriarcado simbólico de la cultura de masas) y sus efectos hipnóticos sobre la audiencia proporcionan el argumento sociológico más potente del libro y, por si fuera poco, la solución terminante al dilema cultural planteado en la propia ficción: "por qué tanto cine estéticamente ambicioso era tan aburrido y por qué tanto cine comercial y basura era tan divertido".

No es de extrañar, por tanto, que abunden en la novela las referencias al trauma espectacular de Hamlet (incluyendo una versión cinematográfica situacionista de La ratonera). Entre todas ellas sobresale una alusión recóndita, que conecta literalmente con el paratexto burlón del título y se convierte así en la más intrigante y elíptica de las múltiples parodias de la trama: la exhumación fallida de la copia original del film La Broma Infinita (V), supuestamente enterrada en el cráneo estallado de su difunto autor, el cineasta James Incandenza, enterrado a su vez en las inmediaciones de la Gran Concavidad. Esta acción estrambótica (digna de la más grotesca de las películas de Peckinpah, sobre quien por cierto escribiera su único estudio académico la musa velada del cineasta) es mencionada en dos ocasiones a lo largo de la narración por cada uno de sus protagonistas asociados: en primer lugar, breve y confusamente, recién comenzada la novela, por Hal Incandenza, el tenista prodigioso y prematuro descubridor del cadáver de su padre, inmolado en el microondas ("Pienso en John N. R. Wayne…montando guardia enmascarado mientras Donald Gately y yo desenterramos la cabeza de mi padre"); más tarde por el propio Gately, hacia el final de la novela, en medio de su febril estado post-traumático (donde alcanza precisamente a sostener una relación inexplicable con el espectro charlatán del padre de los Incandenza: "Sueña que está con un chico muy triste y están en un cementerio desenterrando la cabeza de alguien y es algo importante, como de Emergencia Continental"). Más allá del contraste deliberado entre las personas gramaticales de ambos relatos (primera y tercera respectivamente), y más allá también de la incompatibilidad entre las modalidades cognitivas de la narración (el recuerdo y el sueño), sorprende la trascendencia narrativa del episodio y su paradójica preterición a un plano enunciativo secundario, como si Wallace hubiera decidido de antemano borrar las pistas, eliminar o marginar (anular una vez más) todo lo que en el aparato de la ficción habría de resultar fatalmente resolutivo.

El talante provocativo y transgresor de Wallace ha conseguido que esta novela resulte ofensiva para el multiculturalismo dominante y otras especies de la corrección política que ejercen hoy, desde cualquier ángulo del espectro político, como árbitros o censores del gusto y lo decible. En unos tiempos tan marcadamente audiovisuales como éstos, en los que la mayor parte de los escritores en activo han renunciado a la ambición narrativa de innovar o renovar el género, la prosa altamente adictiva de La broma infinita cumple la estimulante misión de recordarnos lo mucho que la novela puede hacerle todavía al mundo sin necesidad de volverse servilmente mimética y plegarse así a los intereses comerciales de éste.

En todo caso, para concluir esta reflexión sin cerrarla del todo formularía una interrogante circunscrita al contexto literario español: ¿sería pensable la publicación de una novela tan ambiciosa e inclasificable en el panorama editorial contemporáneo?

[el escritor fue hallado sin vida en su casa de Claremon, ayer a las 21:30 hrs]

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